Turismo y pobreza, una historia de encuentros y conflictos

Históricamente las relaciones entre turismo y pobreza han tenido fuertes conexiones, aunque han operado en múltiples direcciones, y en algunos casos en sentido claramente contrario. Identificamos cuatro de estas relaciones.

Históricamente las relaciones entre turismo y pobreza han tenido fuertes conexiones, aunque han operado en múltiples direcciones, y en algunos casos en sentido claramente contrario. Así podemos identificar cuatro de las principales formas en las que se ha producido este acercamiento: el turismo como oportunidad de desarrollo y reducción de la pobreza; como beneficiado y generador de mayor pobreza; como posibilidad de empoderamiento colectivo a través de formas de gestión comunitaria de la actividad; y finalmente la pobreza como atractivo turístico.

Turismo como oportunidad de desarrollo

Tradicionalmente, para la industria, sus lobbies y organismos internacionales como la Organización Mundial del Turismo (OMT), el turismo se ha presentado como una forma de modernización y generación de divisas, empleo y actividad económica, y por tanto opción de salida de la pobreza en términos globales para países del mundo “menos desarrollado”. Desde esta perspectiva, y bajo el efecto “trickle down”, se esperaría que la riqueza generada por el turismo derivara en una progresiva reducción general de la pobreza (OMT 2004, 2006).

En reelaboraciones posteriores de este planteamiento, y ante el bajo impacto de sus postulados cuando no fracaso manifiesto, se ha propuesto que el turismo podía suponer un instrumento que contribuyera de forma efectiva en la reducción de la pobreza, incidiendo directamente en las personas y colectivos con menores ingresos. Bajo el planteamiento “pro poor tourism” se han llevado a cabo programas de cooperación internacional, auspiciados por grandes agencias públicas y privadas, que han tratado de promover procesos de encadenamiento de diverso tipo entre personas de escasos recursos, organizados individual y colectivamente, e iniciativas turísticas vinculadas a grandes capitales. Así, se ha considerado beneficiosa cualquier forma de vinculación de estos sectores con lo más activo de la industria turística, desde el empleo directo hasta la posibilidad de introducirse en la cadena de suministros de las empresas turísticas con productos y servicios de todo tipo (Ashley, Roe, and Goodwin 2001; Goodwin 2013). La misma OMT asumió el enfoque del “pro por tourism” a través del programa ST-EP (OMT 2002, 2004, 2006)y con una especial colaboración de la cooperación técnica holandesa (SNV and OMT 2010).

Paralelamente, en un paso más en la búsqueda de legitimidad social, la industria turística ha incorporado en su estrategia de gestión empresarial políticas de responsabilidad corporativa que incluyen actuaciones diversas en beneficio de personas en situación de pobreza más o menos cercanas (Vaca 2012). Donaciones periódicas de comida, cesión puntual de espacio en sus instalaciones, actividades y recaudaciones solidarias son algunas de las expresiones de este tipo compromiso empresarial ante la pobreza.

Turismo como beneficiado y generador de pobreza

Desde otra perspectiva, y como mínimo desde los años 70, tanto la investigación social crítica como movimientos y organizaciones sociales, han destacado las consecuencias negativas del desarrollo turístico, poniendo el acento en la destrucción de las economías y sociedades preexistentes, así como en la consolidación de sociedades profundamente desiguales en las que destacan las condiciones de vida y trabajo precarias de los nuevos espacios turísticos. En este sentido el turismo es considerado como un agente generador de pobreza y vulnerabilidad (Britton 1982; Kadt 1991; Smith 1978; Turner and Ash 1991).

En la tradición de la geografía crítica del turismo se ha descrito cómo en su expansión internacional el capital turístico busca el diferencial de renda, destinos baratos donde los costes de operación sean menores. Así aprovechan el desarrollo geográfico desigual para vender productos turísticos a bajo precio, sin asumir el pago de las externalidades ambientales que genera su desarrollo o salarios dignos. De este modo la pobreza crea entornos favorables al desarrollo turístico, y a su vez contribuye a reproducirlos y perpetuarlos. (Blàzquez-Salom 2015)

El cuestionamiento de la industria turística ha evolucionado también con los años. Inicialmente predominaba la crítica por la distribución desigual de los beneficios del turismo y por tanto se aspiraba a un reparto más equitativo, ya fuera en forma de mejores salarios o por medio del control del negocio en su versión más radical. Progresivamente más actores dentro del campo crítico han visualizado los impactos globales del modelo de desarrollo turístico, de lo que se deriva una preocupación mayor por la sobre dependencia con este tipo de actividades y los costes de destrucción y empobrecimiento derivados de la consolidación de la hegemonía del turismo en un determinado territorio (Ateljevic, Pritchard, and Morgan 2008; Buades, Cañada, and Gascón 2012; Murray 2015).

Asimismo, desde esta perspectiva se han criticado con fuerza las argumentaciones que vinculaban el turismo, bajo sus formas dominantes, como opción para la reducción de la pobreza, acusándolas de no ser más que herramientas de legitimación del dominio capitalista y de los procesos de desposesión y explotación que ha conllevado esta industria (Cicci and Hidalgo 2013; Gascón 2011; Scheyvens 2007)

Turismo como posibilidad de empoderamiento colectivo

Como resultado de los procesos de crisis rural que tienen lugar en muchos países empobrecidos desde los años 80, acentuados por las políticas neoliberales, así como por la creciente presencia del turismo en territorios rurales alejados de los grandes centros de ocio por otra, desde principios de los años 90 se han desarrollado formas de gestión turística de carácter comunitario. El turismo comunitario aparece como un modelo de gestión colectiva protagonizado y controlado por colectivos empobrecidos. En este caso se imagina el turismo como una alternativa a la caída de los precios agrícolas y la posibilidad de encontrar alternativas generadoras de ingresos que puedan complementar las actividades tradicionales sin tener que buscar otras opciones en la emigración (Cañada 2014; Ruiz-Ballesteros 2011, 2017). En el otro caso, surgen como una reacción al uso que realizaban las tour-operadoras y otras empresas turísticas a sus territorios, recursos y a ellos mismos, utilizados como reclamo.

El modelo no ha sido fácil de poner en marcha, y se ha visto sometido a fuertes presiones y contradicciones, pero a pesar de ellos se mantiene presente como una alternativa entre otras de desarrollo rural y con un incremento progresivo en el mercado turístico. Cada vez más se visualiza como un campo en disputa entre la posibilidad de construir alternativas de desarrollo económico que bajo control comunitario y las necesidades de la industria por generar y promover nuevas experiencias, cuyas exigencias de adecuación a su mercado presionan disminuyendo capacidades efectivas de control colectivo (Cañada 2015a, 2015b).

Pobreza como atractivo turístico

En un mercado turístico cambiante, dominado por la progresiva consolidación de un modelo post-fordista, la industria requiere generar constantemente nuevos productos y experiencias de todo tipo para un mercado altamente segmentado (Ioannides and Debbage 1997; Maccannell 2003). Dentro de esta eclosión de posibilidades turísticas, encontramos expresiones más “clásicas”, que podrían ir desde diversas formas de turismo cultural o turismo asociado a la gastronomía, hasta aquellas que pueden ser consideradas más “extremas”, capaces de generar experiencias fuertes, singulares y, al mismo tiempo, distintivas, como la visita a lugares que probablemente desaparecerán a causa del cambio climático o en los que se han vivido situaciones asociadas con la muerte, conocido como dark tourism. En este contexto la pobreza en sí misma se convierte en un atractivo turístico. En algunos casos se recrean condiciones de pobreza dentro de un entorno controlado y con suficientes comodidades, como el conocido caso del hotel de lujo y Spa Emoya en Sudáfrica (Fletcher 2016). En otros se visitan basureros, favelas o tugurios reales, e incluso la experiencia turística puede pasar por vivir ahí cierto tiempo (Chhabra and Chowdhury 2012; Diekmann and Hannam 2012; Dürr 2012; Freire-Medeiros 2009; Goodwin 2014).

La pobreza desde esta perspectiva ya no es vista como algo que hay que transformar sino como una posibilidad de experiencia altamente singular y de negocio, que habrá que brindar siempre con medidas de seguridad, aunque con mayor o menor intensidad el riesgo intrínseco es parte sustancial de la vivencia ofrecida. En los últimos años el “slum tourism” ha ganado presencial comercial, a la par que como fenómenos de los estudios turísticos (Frenzel et al. 2015).

El posicionamiento de la pobreza como atractivo turístico se ha ido construyendo progresivamente, y aunque ésta no fuera su intención durante un largo período diversas formas de acercamiento solidarias o comprometidas ideológica o religiosamente con la situación de las personas empobrecidas ha sido usadas para posibilitar este tipo de consumo turístico, hasta que la mercantilización de este tipo de relaciones ha sido claro, sin necesitar la mediación de dispositivos solidarios o de transformación social. En parte, y sin desearlo voluntariamente, brigadas, viajes solidarios, campos de trabajo, han sido el vehículo que han ido permitiendo este acercamiento al mundo de la pobreza como producto turístico (Gascón 2009). Ahora este vínculo está claramente asentado en el mercado y la industria requiere cada vez menos de este tipo de organizaciones de la sociedad civil.

Por Ernest Cañada / ALBA SUD

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