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Turismo y pobreza, una historia de encuentros y conflictos

Históricamente las relaciones entre turismo y pobreza han tenido fuertes conexiones, aunque han operado en múltiples direcciones, y en algunos casos en sentido claramente contrario. Identificamos cuatro de estas relaciones.

Históricamente las relaciones entre turismo y pobreza han tenido fuertes conexiones, aunque han operado en múltiples direcciones, y en algunos casos en sentido claramente contrario. Así podemos identificar cuatro de las principales formas en las que se ha producido este acercamiento: el turismo como oportunidad de desarrollo y reducción de la pobreza; como beneficiado y generador de mayor pobreza; como posibilidad de empoderamiento colectivo a través de formas de gestión comunitaria de la actividad; y finalmente la pobreza como atractivo turístico.

Turismo como oportunidad de desarrollo

Tradicionalmente, para la industria, sus lobbies y organismos internacionales como la Organización Mundial del Turismo (OMT), el turismo se ha presentado como una forma de modernización y generación de divisas, empleo y actividad económica, y por tanto opción de salida de la pobreza en términos globales para países del mundo “menos desarrollado”. Desde esta perspectiva, y bajo el efecto “trickle down”, se esperaría que la riqueza generada por el turismo derivara en una progresiva reducción general de la pobreza (OMT 2004, 2006).

En reelaboraciones posteriores de este planteamiento, y ante el bajo impacto de sus postulados cuando no fracaso manifiesto, se ha propuesto que el turismo podía suponer un instrumento que contribuyera de forma efectiva en la reducción de la pobreza, incidiendo directamente en las personas y colectivos con menores ingresos. Bajo el planteamiento “pro poor tourism” se han llevado a cabo programas de cooperación internacional, auspiciados por grandes agencias públicas y privadas, que han tratado de promover procesos de encadenamiento de diverso tipo entre personas de escasos recursos, organizados individual y colectivamente, e iniciativas turísticas vinculadas a grandes capitales. Así, se ha considerado beneficiosa cualquier forma de vinculación de estos sectores con lo más activo de la industria turística, desde el empleo directo hasta la posibilidad de introducirse en la cadena de suministros de las empresas turísticas con productos y servicios de todo tipo (Ashley, Roe, and Goodwin 2001; Goodwin 2013). La misma OMT asumió el enfoque del “pro por tourism” a través del programa ST-EP (OMT 2002, 2004, 2006)y con una especial colaboración de la cooperación técnica holandesa (SNV and OMT 2010).

Paralelamente, en un paso más en la búsqueda de legitimidad social, la industria turística ha incorporado en su estrategia de gestión empresarial políticas de responsabilidad corporativa que incluyen actuaciones diversas en beneficio de personas en situación de pobreza más o menos cercanas (Vaca 2012). Donaciones periódicas de comida, cesión puntual de espacio en sus instalaciones, actividades y recaudaciones solidarias son algunas de las expresiones de este tipo compromiso empresarial ante la pobreza.

Turismo como beneficiado y generador de pobreza

Desde otra perspectiva, y como mínimo desde los años 70, tanto la investigación social crítica como movimientos y organizaciones sociales, han destacado las consecuencias negativas del desarrollo turístico, poniendo el acento en la destrucción de las economías y sociedades preexistentes, así como en la consolidación de sociedades profundamente desiguales en las que destacan las condiciones de vida y trabajo precarias de los nuevos espacios turísticos. En este sentido el turismo es considerado como un agente generador de pobreza y vulnerabilidad (Britton 1982; Kadt 1991; Smith 1978; Turner and Ash 1991).

En la tradición de la geografía crítica del turismo se ha descrito cómo en su expansión internacional el capital turístico busca el diferencial de renda, destinos baratos donde los costes de operación sean menores. Así aprovechan el desarrollo geográfico desigual para vender productos turísticos a bajo precio, sin asumir el pago de las externalidades ambientales que genera su desarrollo o salarios dignos. De este modo la pobreza crea entornos favorables al desarrollo turístico, y a su vez contribuye a reproducirlos y perpetuarlos. (Blàzquez-Salom 2015)

El cuestionamiento de la industria turística ha evolucionado también con los años. Inicialmente predominaba la crítica por la distribución desigual de los beneficios del turismo y por tanto se aspiraba a un reparto más equitativo, ya fuera en forma de mejores salarios o por medio del control del negocio en su versión más radical. Progresivamente más actores dentro del campo crítico han visualizado los impactos globales del modelo de desarrollo turístico, de lo que se deriva una preocupación mayor por la sobre dependencia con este tipo de actividades y los costes de destrucción y empobrecimiento derivados de la consolidación de la hegemonía del turismo en un determinado territorio (Ateljevic, Pritchard, and Morgan 2008; Buades, Cañada, and Gascón 2012; Murray 2015).

Asimismo, desde esta perspectiva se han criticado con fuerza las argumentaciones que vinculaban el turismo, bajo sus formas dominantes, como opción para la reducción de la pobreza, acusándolas de no ser más que herramientas de legitimación del dominio capitalista y de los procesos de desposesión y explotación que ha conllevado esta industria (Cicci and Hidalgo 2013; Gascón 2011; Scheyvens 2007)

Turismo como posibilidad de empoderamiento colectivo

Como resultado de los procesos de crisis rural que tienen lugar en muchos países empobrecidos desde los años 80, acentuados por las políticas neoliberales, así como por la creciente presencia del turismo en territorios rurales alejados de los grandes centros de ocio por otra, desde principios de los años 90 se han desarrollado formas de gestión turística de carácter comunitario. El turismo comunitario aparece como un modelo de gestión colectiva protagonizado y controlado por colectivos empobrecidos. En este caso se imagina el turismo como una alternativa a la caída de los precios agrícolas y la posibilidad de encontrar alternativas generadoras de ingresos que puedan complementar las actividades tradicionales sin tener que buscar otras opciones en la emigración (Cañada 2014; Ruiz-Ballesteros 2011, 2017). En el otro caso, surgen como una reacción al uso que realizaban las tour-operadoras y otras empresas turísticas a sus territorios, recursos y a ellos mismos, utilizados como reclamo.

El modelo no ha sido fácil de poner en marcha, y se ha visto sometido a fuertes presiones y contradicciones, pero a pesar de ellos se mantiene presente como una alternativa entre otras de desarrollo rural y con un incremento progresivo en el mercado turístico. Cada vez más se visualiza como un campo en disputa entre la posibilidad de construir alternativas de desarrollo económico que bajo control comunitario y las necesidades de la industria por generar y promover nuevas experiencias, cuyas exigencias de adecuación a su mercado presionan disminuyendo capacidades efectivas de control colectivo (Cañada 2015a, 2015b).

Pobreza como atractivo turístico

En un mercado turístico cambiante, dominado por la progresiva consolidación de un modelo post-fordista, la industria requiere generar constantemente nuevos productos y experiencias de todo tipo para un mercado altamente segmentado (Ioannides and Debbage 1997; Maccannell 2003). Dentro de esta eclosión de posibilidades turísticas, encontramos expresiones más “clásicas”, que podrían ir desde diversas formas de turismo cultural o turismo asociado a la gastronomía, hasta aquellas que pueden ser consideradas más “extremas”, capaces de generar experiencias fuertes, singulares y, al mismo tiempo, distintivas, como la visita a lugares que probablemente desaparecerán a causa del cambio climático o en los que se han vivido situaciones asociadas con la muerte, conocido como dark tourism. En este contexto la pobreza en sí misma se convierte en un atractivo turístico. En algunos casos se recrean condiciones de pobreza dentro de un entorno controlado y con suficientes comodidades, como el conocido caso del hotel de lujo y Spa Emoya en Sudáfrica (Fletcher 2016). En otros se visitan basureros, favelas o tugurios reales, e incluso la experiencia turística puede pasar por vivir ahí cierto tiempo (Chhabra and Chowdhury 2012; Diekmann and Hannam 2012; Dürr 2012; Freire-Medeiros 2009; Goodwin 2014).

La pobreza desde esta perspectiva ya no es vista como algo que hay que transformar sino como una posibilidad de experiencia altamente singular y de negocio, que habrá que brindar siempre con medidas de seguridad, aunque con mayor o menor intensidad el riesgo intrínseco es parte sustancial de la vivencia ofrecida. En los últimos años el “slum tourism” ha ganado presencial comercial, a la par que como fenómenos de los estudios turísticos (Frenzel et al. 2015).

El posicionamiento de la pobreza como atractivo turístico se ha ido construyendo progresivamente, y aunque ésta no fuera su intención durante un largo período diversas formas de acercamiento solidarias o comprometidas ideológica o religiosamente con la situación de las personas empobrecidas ha sido usadas para posibilitar este tipo de consumo turístico, hasta que la mercantilización de este tipo de relaciones ha sido claro, sin necesitar la mediación de dispositivos solidarios o de transformación social. En parte, y sin desearlo voluntariamente, brigadas, viajes solidarios, campos de trabajo, han sido el vehículo que han ido permitiendo este acercamiento al mundo de la pobreza como producto turístico (Gascón 2009). Ahora este vínculo está claramente asentado en el mercado y la industria requiere cada vez menos de este tipo de organizaciones de la sociedad civil.

Por Ernest Cañada / ALBA SUD

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Implicaciones socio-ambientales de la construcción del espacio turístico

Un propuesta de interpretación crítica de los procesos de construcció de nuevos territorios hegemonizados por las dinámicas del capital turístico, con una mirada especialmente en Centroamérica y el Caribe.

Históricamente el capitalismo ha manifestado una necesidad de expansión territorial permanente en estructuras globales cada vez de mayor dimensión (Harvey, 2003; Wallerstein, 1979). La expansión del capital hacia nuevos territorios en los que poder garantizar su reproducción es parte de las respuestas de las que éste se dota para enfrentar sus crisis, en lo que el geógrafo David Harvey ha denominado como soluciones espacio-temporales (Harvey, 2013 y 2014). Cada ciclo de acumulación desarrolla una territorialidad propia, lo cual implica que las actividades económicas funcionales a un determinado ciclo de acumulación se vertebran y articulan de acuerdo con las particularidades de dicho ciclo, construyendo “geografías a su medida” (Rodríguez y López, 2011).

Desde esta perspectiva, la sobreacumulación de capital recurrente históricamente puede derivar en devaluación cuando se produce una recesión o depresión deflacionaria, por lo que necesita “moverse” y encontrar espacios en los que “fijarse” (capital fix), y por tanto desplazar espacial y/o temporalmente el capital excedente. Estos “arreglos espaciales” implican fenómenos como el colonialismo, el imperialismo, la libertad de movimientos del capital o la conquista geopolítica de fuentes de recursos naturales.

Una de las formas a través de las que el capital logra absorber capitales excedentes, valorizarse y aplazar así temporalmente las crisis del capitalismo es por medio de entornos construidos como la ampliación de ciudades o nuevas formas de urbanización difusa de territorios rurales costeros asociados al turismo residencial, o la creación de grandes infraestructuras que permitan ubicar los excedentes generados en nuevas oportunidades de inversión, como aeropuertos, carreteras o puertos para cruceros que están íntimamente relacionadas con el turismo (Blàzquez, 2013).

El resultado de esta dinámica del capital en búsqueda de mejores condiciones para su reproducción es un paisaje geográfico permanentemente inestable, por cuanto la acumulación de capital en un espacio concreto se vuelve posteriormente un obstáculo para seguir acumulando. El capital tiene, por lo tanto, que devaluar gran parte del capital fijo en el paisaje geográfico existente, a fin de construir un paisaje totalmente nuevo con un aspecto diferente. Esto induce crisis localizadas intensas y destructivas.

A su vez este desplazamiento implica reconfigurar los territorios en función de las nuevas dinámicas de acumulación, y supone por tanto la puesta en marcha de procesos transformación de esos espacios y de los diferentes grupos sociales presentes en él, así como de su organización territorial. Son parte de una dinámica global de refuncionalización espacial en base a las lógicas de acumulación, en lo que Peter Rosset califica como una “guerra por la tierra y el territorio” (2009).

De este modo, la construcción de territorios adecuados a una acumulación fundamentada en las actividades turístico-residenciales demanda ciertas lógicas de especialización singulares. Para garantizar las dinámicas de reproducción de capital a gran escala se ha requerido que esos espacios concentren múltiples ofertas e infraestructuras que lo hagan atractivo, generen economías de escala con múltiples actividades complementarias entre sí y puedan funcionar con volúmenes de negocio de una cierta dimensión. Esto ha implicado la reorganización y refuncionalización de esos territorios a partir de las necesidades de acumulación del turismo como actividad económica predominante en ese espacio. Por tanto supone la pérdida de peso, desplazamiento y marginalización de ciertas actividades económicas y actores que antes ocupaban un espacio central.

Esta expansión turística da lugar a lo que Louis Turner y John Ash denominaron en1975 como “periferias del placer” (Turner y Ash, 1991). Después de la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo de la aviación y las infraestructuras aeroportuarias permitieron ampliar los destinos vacacionales alrededor del mundo, de tal modo que estas nuevas áreas pudieron entremezclarse mucho más con diferentes zonas del planeta y entrar en mayor competencia entre sí. Sobre eso se construyó un nuevo modelo vacacional masivo, acompañado de la expansión de la hotelería, las agencias de viaje, líneas de cruceros, así como nuevos mecanismos financieros. En este nuevo contexto de oportunidad, siguiendo a Turner y Ash, el capital turístico ha podido elegir dónde ubicarse en función de las ventajas comparativas que le ofrecen uno u otro territorio en forma de “incentivos” (costes de la mano de obra, fiscalidad, infraestructuras, abastecimiento de recursos energéticos, seguridad, etc.). La incorporación de nuevas “periferias turísticas” se multiplicó a partir de los años 80 con la caída de los precios del petróleo en los años 80 que posibilitó un fuerte incremento de la movilidad. Y más recientemente la expansión del capital financiero generó grandes capitales que requerían dónde materializarse, y que encontraron en estos nuevos espacios turísticos una magnífica oportunidad (Murray, 2012).

Los distintos territorios que van incorporándose dentro de la lógica de funcionamiento global de la industria turística lo hacen desde una posición de subordinación con escasa capacidad de control sobre las distintas escalas a través de las que funciona esta actividad, tal como puso en evidencia Stephen G. Britton en un artículo considerado ya clásico en los estudios críticos del turismo (Britton, 1982). Son por tanto los capitales globales en alianza con los locales y regionales que dirigen el proceso de creación de los nuevos espacios turísticos.

La penetración de los capitales turísticos e inmobiliarios, acompañados de determinadas leyes y políticas públicas nacionales e internacionales y arreglos institucionales a su servicio, provoca una metamorfosis radical en la lógica de la articulación territorial en función de sus necesidades de reproducción, como previamente lo hicieran otras estructuras económicas dominantes que organizaron el territorio a medida de sus necesidades. En el nuevo espacio turístico la naturaleza, transformada en mercancía por medio de la industria turístico-residencial, se convierte en un factor clave para aumentar ganancias (Aguilar et al. 2015). Y por tanto implica situar a la naturaleza ante una dinámica de despojo y reapropiación a fin de hacerla funcional a los intereses de acumulación capitalista a través de la industrio turístico-residencial (Vilchis et. al., 2016), dando lugar a un proceso de reconfiguración del paisaje turístico (Cruz-Coria et al., 2012). Este proceso, a su vez, formaría parte de los distintos procesos paralelos de “neoliberalización” de la naturaleza descritos por Noel Castree (2008).

Periferias turísticas en el Caribe, tanto insular (República Dominicana, Cuba o Jamaica) como mexicano (Cancún, Riviera Maya), o Centroamérica (Guanacaste en Costa o Rivas en Nicaragua) son algunos de los ejemplos paradigmáticos de cómo se transforman los  territorios rurales, en especial en las zonas costeras, por la presencia hegemónica de las actividades turístico-residenciales (Cañada, 2013). En estos, lejos de la propaganda que asocia el turismo con la modernización o el desarrollo, lo que podemos encontrar son tres grandes fenómenos sociales:

a) Procesos de desposesión de recursos naturales y desarticulación territorial pre-existentes. La construcción del espacio turístico implica para las comunidades rurales el despojo de recursos naturales como la tierra y los bosques. El expolio de tierra se puede llevar a cabo de maneras diversas, desde la presión a través del mercado, con procesos especulativos, hasta los cambios normativos en la forma de regular el uso del territorio, o la violencia física. Paralelamente se produce la destrucción o afectación de importantes ecosistemas. Así se han identificado la destrucción de manglares y humedales; la contaminación del agua; la acumulación de residuos sólidos; movimientos de tierra y destrucción de cerros para la creación de terrazas; destrucción y/o fragmentación de los bosques, entre otros. Tanto en la construcción como sobre todo cuando las iniciativas turísticas empiezan a operar, el agua se convierte también en objeto de competencia, dadas las necesidades de los complejos turístico-residenciales frente a uso doméstico de la población local o riego de sus cultivos. El consumo de agua del turismo tiene que ver con los usos personales de sus clientes (aseo, spas, piscinas), mantenimiento de jardines y campos de golf, entre otros, pero también con necesidades “indirectas” derivadas del funcionamiento de la industria turística. Finalmente se desestructura también la territorialidad pre-existente de las comunidades rurales, al promover el desplazamiento de los lugares de vivienda o al impedir el acceso a determinados caminos de paso o a las costas.

b) Nuevas dinámicas migratorias tanto de expulsión como de atracción. El nuevo espacio turístico provoca una movilidad poblacional en múltiples sentidos. Expulsa a personas de origen campesino y pesquero a causa de los procesos de desposesión y, a su vez atrae fuerza de trabajo para la construcción y los servicios turísticos y auxiliares, en muchas ocasiones procedentes de otras comunidades rurales empobrecidas, que igualmente se han visto perjudicadas por las políticas neoliberales hacia el agro y la economía campesina, y en disposición por tanto de emigrar y suministrar mano de obra en los mercados de trabajo de la economía global. Igualmente el espacio turístico atrae nueva población de mayor poder adquisitivo que trabaja como cuadros medios y altos de las instalaciones turístico-residenciales y a los mismos usuarios de estos servicios, tanto de corta duración como media o larga. Estos cambios poblaciones suponen nuevas dinámicas y procesos de vertebración social, cultural y política. La dinámica espacial y social se polariza entre los lugares destinados a la producción turística y los que garantizan su reproducción.

c) Integración subordinada de la población procedente de comunidades rurales en las nuevas actividades turísticas. Los empleos creados por el turismo para las poblaciones de las comunidades, tanto del lugar donde se instalan como las que han venido de fuera, son habitualmente precarios y ocupan los puestos más bajos en la escala laboral, tanto en la construcción como en los servicios de atención al turista (limpiadoras, camareras de piso, recepcionistas, cocinas, jardinería, seguridad y vigilancia, animación). Los trabajadores habitualmente se ven sometidos a unas condiciones de sobreexplotación laboral: bajos salarios, irregularidad en los pagos, subcontrataciones, acoso policial, inseguridad y riesgo laboral. A su vez, cuentan con débiles estructuras de protección por parte de los ministerios del trabajo y sindicatos, que sufren sistemáticamente el acoso del empresariado que dificulta la creación de organizaciones sindicales en las áreas turísticas. Este tipo de dinámica económica también atrae a algunas personas que tratan de “buscarse la vida” en la economía informal, ofreciendo productos y servicios directamente a los turistas (alimentos y bebidas, souvenirs, artesanías, masajes, entre otros). Pero su acceso a los turistas no siempre resulta sencillo a causa de las dinámicas de restricción y privatización generadas por unas formas de desarrollo turístico de carácter excluyente y que metafóricamente se ha podido etiquetar como “búnker playa-sol” (Blàzquez et al.; 2011).

Este proceso de transformación social asociada a la construcción del espacio turístico de forma hegemónica bajo grandes capitales. tiene una naturaleza de carácter estructuralmente violenta (Büscher y Fletcher, 2016). Su implantación, con mayores o menores resistencia se ve asociada a números conflictos de de carácter redistributivos, tanto entre sectores económicos como entre diferentes grupos sociales (Gascón, 2012), cuyo estallido aporta luz sobre procesos sociales profundos demasiado invisibilizados.

 

Por Ernest Cañada / Alba Sud

15 Impactos del Turismo en la Cultura

Gran cantidad de destinos turísticos han tenido que enfrentarse a los efectos tanto positivos como negativos que provoca el turismo. Los retos que genera el desplazamiento masivo de personas obliga en primera instancia a conocer los diferentes impactos que se podrían presentar, para de esta manera tener un posible plan de acción que ayude a encausar hacía un desarrollo provechoso para ambos actores (turistas y comunidades receptoras).

La siguiente lista muestra una serie de efectos generados por el turismo a la cultura entre pueblos, aunque no todos ellos son negativos, la realidad es que hay mayores probabilidades de afectar que de beneficiar. Corresponderá a cada uno de nosotros ayudar a la conservación  y preservación de conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres que caracterizan a un pueblo, antes que a la destrucción y pérdida de ellas:

1. Erosión de la cultura local

La cantidad excesiva de turistas y la demanda de productos en las localidades receptoras, puede ocasionar que artesanos tradicionales elaboren productos por cantidad y no por calidad, lo que degrada los valores artísticos y simbólicos del arte producido localmente y a larga podría concluir en la desaparición de la cultura.

2. Transformación de la cultura

El arte producido en las comunidades locales se puede transformar en un producto de mercadotecnia con la única intención de venderle artículos “superficiales” al turista, explotando la cultura y perdiendo el arraigo al patrimonio cultural.

3. Hostilidad cultural

Si la comunidad local no participa directamente en el establecimiento del desarrollo turístico, pueden llegar a ser hostiles con los turistas; esto sucede porque es sabido que el turismo podría destruir modos de vida y economías tradicionales, creando dependencia y trabajos mal pagados.

4. Arrogancia cultural

Puede suceder cuando debido a la gran afluencia de turistas, los locales dividen en dos escenarios lo que sucede en la comunidad, por un lado le muestran al turista algunos rasgos “superficiales” de su cultura y por el otro se apartan de ellos para mantener intactas sus tradiciones y evitar el impacto del turismo. “La puesta en escena” de experiencias culturales desvía a los turistas de la auténtica cultura local pero ayuda a su preservación.

5. Falta de autencidad en las experiencias turísticas

Con el fin de satisfacer al turismo de masas, se producen y se comercializan artículos “imitación”;  además, es común que se establezcan “falsas áreas” donde el turista solo percibe detalles de los verdaderos símbolos. Sin embargo, algunos investigadores (Cohen, 1995) afirman que el turista está de acuerdo con esto, siempre y cuando se beneficie a los grupos étnicos.

6. Renacimiento de formas de arte tradicionales

La exposición de la cultura a otros grupos puede provocar la adaptación de las tradiciones artísticas mediante la modificación del arte original, lo que también podría mantener y revivir las tradiciones originales.

7. Violación a los derechos del patrimonio cultural

Se produce al tratar la cultura local como mercancía a la venta y comercializar con ella. Sucede por ejemplo, cuando algunos eventos y fiestas tradicionales se ponen a la venta “sobre pedido”  para vivir experiencias distorsionadas de la realidad.

8. Cambios culturales

Se dan a consecuencia de la evolución de las sociedades, los cambios en los modos de vida de las personas y por el contacto entre diferentes culturas  y sus ideas, valores, instituciones, tecnologías, políticas, etc. Sucede que los países industrializados tienen mayor impacto en los cambios culturales de los países subdesarrollados. Los turistas son vistos como agentes de cambio culturales (Pearce, 1995).

9. Difusión cultural

En turismo se refiere al proceso en el que turistas y comunidades receptoras adaptan elementos de sus culturas a la otra. Ejemplo: gastronomía, formas de vestir, tradiciones, idiomas, arte, arquitectura, religión, y actividades de ocio.

10. Desplazamiento cultural

Ocurre cuando se produce un cambio temporal y aleatorio en la cultura. Un ejemplo es: un cambio temporal en el lenguaje; con el tiempo, la pronunciación, el vocabulario, la ortografía e incluso la gramática pueden cambiar, principalmente por cambios en la tecnología y la educación. En el caso del turismo, puesto que los desplazamientos de personas se dan en ciertos periodos de tiempo, de igual manera los desplazamientos culturales pueden ser temporales. Cuanto mayor es el contraste entre turista y anfitrión, más significativos son los cambios.

11. Aculturación

Es el resultado de que diferentes grupos o individuos de personas tengan contacto entre ellos y provoque cambios en las formas tradicionales de comportamiento, ya sea en uno o en ambos. Es más probable que una cultura más desarrollada influya en una menos desarrollada; al igual que es más probable que una cultura anfitriona tenga mayor influencia sobre una visitante, que lo contrario. Otra característica es que la aculturación puede ser voluntaria o forzada.

“La estandarización de productos en todo el mundo, difumina líneas culturales que resulta en homogeneidad cultural y estandarización de destinos turísticos.”, (Jafari, 1996).

12. Adaptación de la cultura

Se da cuando algunos elementos de determinada cultura se adaptan a otros. Por ejemplo, la comunidad receptora debe incluir elementos de la cultura de donde provienen los turistas, lo que podría conducir a la comercialización de la cultura. Lo que en un principio podría representar euforia de los locales por recibir turistas, podría terminar en apatía y molestia.

13. Asimilación de la cultura

La diferencia entre aculturación y asimilación es que la primera provoca la adición de ciertos elementos de otra cultura, pero que pueden ser temporales (por ejemplo: por el tiempo que dure el turista), o simplemente se añaden a la cultura original; por otro lado, la asimiliación ocurre cuando se reemplaza un elemento por otro.

14. Efecto de Demostración

Se produce cuando residentes adaptan comportamientos de turistas que se consideran de alto valor. Estos comportamientos se identifican mediante la observación y se cree pueden tener efectos positivos y/o negativos. Ejemplo: aumento en el trabajo y la productividad, o resentimiento y coraje al no lograr el mismo estilo de vida.

15. Conflictos culturales

El desarrollo tecnológico ha generado desplazamientos masivos de gente que viaja a diferentes territorios a conocer otras culturas, sin embargo, no hay una teoría clara sobre si esto genera paz y entendimiento entre los pueblos o conflictos por sus diferencias. Aunque muchos investigadores aseguran que las diferencias culturales provocan mayores conflictos que las diferencias políticas o económicas.

Tal como lo aseguró Vaclav Havel, ex presidente de la República Checa en 1994: “Los conflictos culturales están aumentando y son más peligrosos hoy que en cualquier momento”.

 

Por Entorno Turístico / Fuente: Libro International Tourism: Cultures and BehaviorPáginas: 67-78