Turismo como propiedad comunitaria

“El Turismo como propiedad comunitaria” es un proyecto de investigación independiente que estudiará algunos casos de gestión comunitaria del turismo en Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México a partir de Noviembre del 2017.

Planteo del Problema

El Turismo es una de las actividades económicas que mayores ingresos genera, especialmente, en Latinoamérica. Si uno revisa la composición del PBI (Producto Bruto Interno) de algún país de esta región, podrá advertir que el turismo está en el podio de las industrias que más aportan y que más puestos de trabajo generan. Pero se suele confundir crecimiento con desarrollo. Los beneficios económicos se concentran en pocas manos, los puestos de trabajos están muy precarizados, las residentes locales no tienen ni voz ni voto en las políticas públicas y se siguen empobreciendo, los recursos naturales y culturales están siendo exterminados, la exclusión social se sigue proliferando y no se respetan derechos humanos básicos. De esta forma el turismo, como tantas otras actividades, está atentando contra la lucha internacional contra la pobreza.

En la década del 70, en pleno auge del turismo de masas, se comenzó a hablar de un turismo “amable”, posteriormente “verde” y/o “ecoturismo” para referirse a un turismo un poco menos dañino, prestando especial atención a la cuestión ambiental. Luego en los 90, con la Agenda 21 y la Cumbre de Río, aparecieron términos como “sostenible”, “responsable”, “consciente”, “ético” y “justo”, tratando de cuestionar también efectos sociales y económicos del fenómeno. Si bien todos son válidos e importantes, porque han significado los primeros pasos y conforman hoy en día nuestra base teórica, no son más que postulados tibiamente reformistas. En general son muy poco aplicados en la realidad y no proponen ningún cambio estructural. Solo sirven para disfrazar un turismo absolutamente funcional al sistema capitalista y  termina siendo injusto y desigual.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) declaró este año – 2017 – como el “Año Internacional de Turismo Sostenible para el Desarrollo”, se publicaron principios y objetivos. Pero la realidad de los pueblos más necesitados no ha cambiado en nada. El mundo está sufriendo y necesita más acciones concretas y menos declaraciones y conferencias internacionales.

En los últimos años un nuevo concepto enciende una luz de esperanza para quienes creemos que otro turismo es posible. Se trata del Turismo Comunitario, pero no como un producto, sino como una forma de gestión en la que los servicios y beneficios de la actividad están controlados por la comunidad local. Y aunque cumpla con una de las variables que diferencian el desarrollo del crecimiento (participación de los residentes locales) –lo que no es poco y de hecho debería aplicarse a cualquier emprendimiento-, todavía hay muchos otros factores que deben ser evaluados: tipo de relación y compromiso con el ambiente natural/artificial, valoración de todas las identidades socio-culturales, cumplimiento de derechos humanos, calidad laboral y distribución de los beneficios económicos. Así como también debe estudiarse si los servicios ofrecidos al turista son de la calidad necesaria como para generar una interacción armoniosa entre residente y turista.

La presente investigación cualitativa analizará algunos casos de gestión comunitaria del turismo en Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México (un caso por país), teniendo en cuenta las variables anteriormente mencionadas. Pero no desde el sillón y vía internet, sino que será un viaje en busca de modelos de turismo que de verdad beneficien a todos/as los/as trabajadores/ras del sector.

Hipótesis

La gestión comunitaria de los recursos turísticos es el primer paso necesario para lograr que la actividad turística sea un factor preponderante de desarrollo sostenible y contribuya así con la lucha internacional contra la pobreza.

Objetivo

Desarrollar, mediante el estudio de diversos proyectos de gestión comunitaria de turismo, una forma de gestión que sea capaz de transformar al turismo en una herramienta de desarrollo que mejore la calidad de vida de la población local y todos los actores intervinientes.

Fundamentación

La juventud y el propio dinamismo de la actividad turística hace imprescindible, para todos los agentes intervinientes, mantener una firme voluntad de estudio. Tanto la administración pública como empresas privadas, consultoras y organizaciones no gubernamentales deben consultar frecuentemente las variantes y tendencias que el sector soporta día a día para perfeccionar sus respectivos trabajos.

Pero para todos los actores que intentan desarrollar permanentemente un modelo de turismo más justo y equitativo, es aún más necesario invertir tiempo y recursos en diferentes tipos de ensayos científicos, ya que la tendencia general es obtener la mayor cantidad de beneficios económicos sin importar la conservación del patrimonio natural/cultural y la calidad de vida de residentes, turistas y recursos humanos. En este contexto mundial de sobreexplotación y desesperado crecimiento a ciegas, es fundamental detenerse a observar, reflexionar y estudiar exhaustivamente varios procesos de gestión turística que vivan digna y armoniosamente con su ambiente para poder aprender de ellos, darlos a conocer y multiplicarlos en otros sitios del planeta.

No hay dudas que cualquier tipo de actividad turística – y en todos los ambientes – debería ser sostenible, ecológica, responsable, justa… Pero la realidad es que no lo son y no lo van a ser nunca mientras que, tanto privados como organismos públicos, le sigan dando la espalda a residentes locales y manejen la actividad a su antojo y según sus conveniencias. En la mayoría de los casos a los habitantes ni se les consulta y en otros pocos solo se los escucha por compromiso sin darle demasiada importancia. Por esto entendemos que para encaminarse hacia el cumplimiento de los principios de sostenibilidad internacionalmente reconocidos por organizaciones como la Organización Mundial del Turismo (OMT), el Turismo debe gestionarse por la comunidad local, consciente y conocedora de sus virtudes y necesidades, y lo que es más importante, poseedora de una solidaria y verdadera voluntad de cambio. Y no es que inversiones privadas, organizaciones externas y administración pública no deban existir, sino que tienen que trabajar en conjunto con los residentes locales, no mandar o dictar, sino escuchar y respetar.

En los últimos años hemos escuchado hablar del Turismo Comunitario y su concepto ambiguo. Por un lado se lo define como una tipología basada en la visita a comunidades de especial valor cultural con la participación en algunas de sus actividades. Tipología que no es otra cosa que una nueva etiqueta comercial que sigue reproduciendo patrones de crecimiento y no de desarrollo, por lo tanto no nos interesa en este trabajo. Pero por otro lado también se relaciona al Turismo Comunitario con una forma de gestión en la que los recursos y sus beneficios son controlados por la comunidad local. Es esta modalidad de gestionar el turismo que analizaremos en esta investigación, ya que como afirma nuestra hipótesis, consideramos que es la primera iniciativa que debe tomarse para lograr que la actividad turística sea un factor preponderante de desarrollo sostenible y contribuya así con la lucha internacional contra la pobreza.

La gestión comunitaria del turismo está creciendo poco a poco y esto nos ilusiona. Pero también se la debe cuestionar, indagar y analizar íntegramente para re-construirla colectivamente día a día y así poder mejorar sus/nuestros resultados. Para esto es imprescindible entender al turismo como propiedad comunitaria y trabajar permanentemente con esta perspectiva en mente y como eje transversal.

Centroamérica es una de las regiones que más proyectos de gestión comunitaria desarrolla actualmente. Con aciertos y falencias muchas asociaciones, comunidades y cooperativas han puesto en marcha una maquinaria económica que busca ser lo más humana posible. Así como también la presente investigación procura involucrarse teórica y físicamente con modelos turísticos que puedan funcionar como un verdadero motor de desarrollo sustentable, justo y equitativo, aportando preguntas y respuestas que en el futuro conformen la base para organizarse y tomar decisiones (públicas y privadas) en pos de un turismo constructor de un mundo mejor.

 

Autor: Rubén Salinas

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Turismo comunitario con los guardianes forestales de la Reserva de la Biosfera Maya

Por Javier Tejera / Alba Sud

Alba Sud acompaña a la Asociación de Comunidades Forestales de Petén (ACOFOP) en un proceso participativo con las organizaciones comunitarias que desembocará en un Plan Estratégico de Turismo Sostenible y Comunitario, con un plan de acción a 5 años.

Si hubiese que buscar referencias internacionales de éxito en modelos de gestión comunitaria y de custodia del territorio, probablemente las concesiones forestales de la Reserva de la Biosfera Maya (RBM) en Guatemala entrarían en cualquier terna. No sólo por salvaguardar los recursos naturales de incalculable valor ecológico de este ecosistema único. También por los beneficios socioeconómicos para la población campesina residente, derivados de las actividades maderables y no maderables vinculadas. En este último caso, fundamentalmente de la extracción de chicle o de las hojas del xate (una palma decorativa).

Si Guatemala, con siete biomas, 14 zonas de vida y más de 300 microclimas, es uno de los puntos calientes de biodiversidad del planeta, la RBM es uno de sus máximos estandartes. Con un 31% de superficie regulada por alguna figura de protección en el país, la RBM es el área protegida más grande. Supone el 10% del territorio nacional y cabe mencionar, además, que la selva tropical que cubre buena parte de esta región en el departamento de Petén, junto con el sur de México y el oeste de Belice, es la más grande de este tipo en Mesoamérica.

Manejo forestal sostenible de las concesiones comunitarias

Tras casi 40 años de conflicto armado interno, en el marco de la Guerra Fría, muchos vieron con escepticismo los Acuerdos de Paz de 1996. Un contexto histórico que no difiere mucho de otros países limítrofes y que causó un gran impacto en el país, en términos económicos y políticos, agudizando la polarización de la sociedad guatemalteca entre las élites político-financieras y la población campesina e indígena.

Como parte de esos acuerdos se contempló la cesión legal, por parte del Estado, del derecho de uso racional a las organizaciones comunitarias de los recursos naturales y servicios dentro de la Zona de Usos Múltiples (ZuM), una de las tres categorías de manejo del territorio en la RBM. Un mecanismo administrativo, con una vigencia de 25 años, cuyo objetivo de partida fue generar oportunidades para las comunidades campesinas que habitaban las zonas con mayor incidencia del conflicto. Las concesiones forestales fueron establecidas legalmente con base a la Ley nacional de Áreas Protegidas y bajo el acuerdo estatal de ser otorgadas a comunitarios que ya hacían uso de los recursos en el área.

La Zona de Usos Múltiples (ZuM), que abarca el 38% de la reserva, tiene por tanto una importancia crucial, ya que conecta a todos los parques nacionales y biotopos de la Zonas Núcleo, “reservadas exclusivamente para la preservación del ambiente natural, conservación de la diversidad biológica y de los sitios arqueológicos, investigaciones científicas, educación conservacionista y turismo ecológico y cultural”, según se desprende del Plan Maestro de la RBM.

El manejo forestal sostenible de las concesiones comunitarias cumple, al hilo de esto, una doble misión. Protege y fortalece la estricta dimensión conservacionista de las Zonas Núcleo y, al mismo tiempo, ejerce de tapón ante los avances de la frontera agrícola-ganadera que, a día de hoy, supone la mayor parte de la franja de quince kilómetros de ancho de la Zona de Amortiguamiento (ZAM), al sur de la reserva. Aunque la teoría dice que aquí las actividades productivas deben ser compatibles con la conservación, la realidad es bien distinta, con la deforestación y la narcoganadería caminando de la mano, buscando establecer nuevas rutas de la droga en este denso territorio selvático.

Incidencia política y acompañamiento técnico a las concesiones

Si las concesiones forestales de gestión comunitaria son, a día de hoy, un ejemplo a seguir es, en buena medida, gracias al acompañamiento de la Asociación de Comunidades Forestales de Petén (ACOFOP). Fundada en 1995, en plenas negociaciones de los Acuerdos de Paz, esta entidad de segundo nivel, sin fines de lucro, representa a 24 organizaciones de base comunitaria de la región.

El fortalecimiento de las buenas prácticas medioambientales, la generación horizontal de oportunidades socioeconómicas y la mejora de la calidad de vida de la población campesina son parte de su visión constitucional. Más allá de eso, cuenta con gran respaldo y representatividad social, en un contexto nacional en donde la presencia institucional es muy débil en muchos aspectos. Por eso, la incidencia política y el nexo conector que otorga a las diferentes organizaciones comunitarias resulta fundamental.

Ahora que faltan cinco años para la renovación de las primeras concesiones otorgadas, el debate sobre la viabilidad del modelo está en la agenda política nacional. Son muchos los ojos de actores nacionales y foráneos puestos en este rico territorio, pero los resultados avalan una solución continuista. En términos socioeconómicos, más de 14.000 personas beneficiadas de forma directa y más de 70,000 personas de forma indirecta a través del manejo forestal comunitario. En términos conservacionistas y de bajo impacto, un modelo de referencia internacional, sometido a evaluaciones continuas y con certificado internacional FSC.

En este sentido, los ciclos de corta se han establecido de 30 a 40 años y sólo se extraen de uno a tres árboles por hectárea, lo que supone un volumen promedio de tan sólo tres metros cúbicos. Por ejemplo, la mayoría de las 3.592 especies de fauna y flora registradas en la RBM están presentes en las concesiones y algunas de las especies más emblemáticas de fauna como el tapir, el jaguaro el puma, que requieren grandes extensiones de bosque, se mantienen estables porque no se ven perturbadas por el manejo forestal.

En términos de lucha contra la deforestación y los incendios, las cifras hablan por sí solas. Sólo en la recién concluida estación seca en este 2017, se han declarado 7.794 focos de incendio y se han quemado más de 2.000 hectáreas en la RBM. De todo ello, apenas un 0,8% se ha registrado en las áreas de concesión forestal comunitaria, gracias a un sistema eficaz de prevención y vigilancia que mejora, en mucho, las capacidades y prestaciones del propio Estado. De hecho, algunas áreas protegidas en la Zonas Núcleo, como la Laguna del Tigre o la Sierra del Lacandón, arden con más frecuencia que las propias zonas de gestión comunitaria.

Debilidad institucional y desigualdad económica

Este último ejemplo, más que un caso anecdótico aislado, es un síntoma. Una muestra de la debilidad institucional en un país de contrastes y de contradicciones. De oportunidades y de ambigüedades, en donde se palpa la necesidad de un cambio de modelo económico. Algo entendible en un país de ricos lleno de pobres, que cuenta con una tasa de pobreza del 60% y una desigualdad más que patente. Según un informe del Banco Mundial de 2014, Guatemala es el cuarto país más desigual de Latinoamérica.

Esta situación no se puede achacar a la falta de crecimiento, porque el país aumentó su Producto Interno Bruto (PIB) en más de un 3% anual en lo que va de siglo. Por tanto, si se quiere revertir esta situación, la única vía reside en que los beneficios del crecimiento no caigan solo en unos pocos privilegiados. Sin duda, habría que empezar por mejorar la escasa recaudación fiscal. Guatemala ostenta el dudoso honor de tener el menor porcentaje de ingresos públicos en el mundo, en relación con el tamaño de su economía. Al cóctel hay que añadir una tasa del 12% de analfabetismo, con más de 1,2 millones de personas mayores de 15 años que no saben leer y escribir.

Ante esta coyuntura y como casi siempre, el turismo está emergiendo como un posible bálsamo y una tabla de salvación a la que agarrarse. Ya en la actualidad, el sector supone uno de las actividades productivas más importantes, con un peso del 5% en la economía nacional, sólo superado por las divisas generadas por el envío de remesas de guatemaltecos emigrados en el exterior. El país recibió en 2016 poco más de 1,9 millones de turistas, un leve aumento del 2,8% con respecto a 2015. La mayoría de visitantes, que dejaron más de 1.600 millones de dólares en divisas, fueron de CentroaméricaEstados UnidosCanadá y Europa.

El turismo, política de Estado

Con el objetivo de impulsarlo como sector estratégico, en 2015 se lanzó el Plan Maestro de Turismo Sostenible durante el gobierno del expresidente Otto Pérez. Este, sin embargo, acabó renunciando al cargo en medio de un escándalo de fraude fiscal, que lo dejó en prisión preventiva. Su sucesor, el actual presidente Jimmy Morales, firmó hace un año un acuerdo gubernativo por el que su gobierno asumió como política de Estado dicho plan con una proyección para el período 2016-2026, con el objetivo clave de generar crecimiento económico y luchar contra la pobreza.

El Plan, como casi todo lo que viene impulsado desde el Estado, genera mucho escepticismo entre la población, pero no deja de ser una declaración de intenciones. Y ante esta coyuntura, muchas miradas vuelven a dirigirse hacia la Reserva de la Biosfera Maya (RBM), cuyo potencial medioambiental, cultural y arqueológico la pueden convertir en un destino de gran atractivo, no sólo en Guatemala sino también en Centroamérica.

Con casi 130.000 visitantes nacionales y extranjeros entre enero y mayo de 2017, el Parque Nacional de Tikal aglutina en la actualidad el 90% de los visitantes que llegan a la RBM. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1979, es uno de los 188 sitios arqueológicos mayas que hay en el área, aunque la gran mayoría están sin clasificar y con la necesidad de clarificar un modelo de gestión, caso por caso.

El ejemplo más paradigmático en este sentido es El Mirador, una ciudad fundada en el Preclásico Medio y que, según dicen, pudo ser el origen de la civilización maya. Son muchas las expectativas e intereses generados con este lugar, con presencia cada vez mayor de actores externos y una presión turística incipiente que va en aumento. Para llegar allí se requieren dos días de caminata por la selva hasta el Parque Nacional Mirador Río Azul, desde las comunidades cercanas de Carmelita o Uaxactún.

Turismo sí, pero a pequeña escala y de bajo impacto

Ante la renovación de las concesiones, ha habido intentos desde algunos ámbitos políticos de dejar fuera al turismo del concepto integral de manejo de las áreas, lo cual es una contradicción. A nivel del marco normativo y del respaldo legal que da la Ley nacional de Áreas Protegidas, pero también por concebir al turismo como un sector desligado de la dimensión conservacionista y de otras actividades productivas en la zona.

Al margen de todo esto, el reto está, sin duda, en empoderar a las organizaciones campesinas para desarrollar su propio modelo de turismo comunitario. Un planteamiento, conectado e indisociable de la gestión forestal sostenible, en donde la calidad esté por encima de la cantidad. Para ello, desde Alba Sud estamos desarrollando un acompañamiento técnico a la Asociación de Comunidades Forestales de Petén (ACOFOP), mediante un proceso participativo con las organizaciones comunitarias, que desembocará en un Plan Estratégico de Turismo Sostenible y Comunitario, con un plan de acción a cinco años.

La meta final es que el turismo se postule con una fórmula que fortalezca y diversifique las oportunidades socioeconómicas en las áreas de gestión comunitaria de la RBM para la población residente. Siempre poniendo a la par y en primer lugar sus prioridades y necesidades, junto con la conservación de los recursos naturales y patrimoniales de la región.

Turismo y pobreza, una historia de encuentros y conflictos

Históricamente las relaciones entre turismo y pobreza han tenido fuertes conexiones, aunque han operado en múltiples direcciones, y en algunos casos en sentido claramente contrario. Identificamos cuatro de estas relaciones.

Históricamente las relaciones entre turismo y pobreza han tenido fuertes conexiones, aunque han operado en múltiples direcciones, y en algunos casos en sentido claramente contrario. Así podemos identificar cuatro de las principales formas en las que se ha producido este acercamiento: el turismo como oportunidad de desarrollo y reducción de la pobreza; como beneficiado y generador de mayor pobreza; como posibilidad de empoderamiento colectivo a través de formas de gestión comunitaria de la actividad; y finalmente la pobreza como atractivo turístico.

Turismo como oportunidad de desarrollo

Tradicionalmente, para la industria, sus lobbies y organismos internacionales como la Organización Mundial del Turismo (OMT), el turismo se ha presentado como una forma de modernización y generación de divisas, empleo y actividad económica, y por tanto opción de salida de la pobreza en términos globales para países del mundo “menos desarrollado”. Desde esta perspectiva, y bajo el efecto “trickle down”, se esperaría que la riqueza generada por el turismo derivara en una progresiva reducción general de la pobreza (OMT 2004, 2006).

En reelaboraciones posteriores de este planteamiento, y ante el bajo impacto de sus postulados cuando no fracaso manifiesto, se ha propuesto que el turismo podía suponer un instrumento que contribuyera de forma efectiva en la reducción de la pobreza, incidiendo directamente en las personas y colectivos con menores ingresos. Bajo el planteamiento “pro poor tourism” se han llevado a cabo programas de cooperación internacional, auspiciados por grandes agencias públicas y privadas, que han tratado de promover procesos de encadenamiento de diverso tipo entre personas de escasos recursos, organizados individual y colectivamente, e iniciativas turísticas vinculadas a grandes capitales. Así, se ha considerado beneficiosa cualquier forma de vinculación de estos sectores con lo más activo de la industria turística, desde el empleo directo hasta la posibilidad de introducirse en la cadena de suministros de las empresas turísticas con productos y servicios de todo tipo (Ashley, Roe, and Goodwin 2001; Goodwin 2013). La misma OMT asumió el enfoque del “pro por tourism” a través del programa ST-EP (OMT 2002, 2004, 2006)y con una especial colaboración de la cooperación técnica holandesa (SNV and OMT 2010).

Paralelamente, en un paso más en la búsqueda de legitimidad social, la industria turística ha incorporado en su estrategia de gestión empresarial políticas de responsabilidad corporativa que incluyen actuaciones diversas en beneficio de personas en situación de pobreza más o menos cercanas (Vaca 2012). Donaciones periódicas de comida, cesión puntual de espacio en sus instalaciones, actividades y recaudaciones solidarias son algunas de las expresiones de este tipo compromiso empresarial ante la pobreza.

Turismo como beneficiado y generador de pobreza

Desde otra perspectiva, y como mínimo desde los años 70, tanto la investigación social crítica como movimientos y organizaciones sociales, han destacado las consecuencias negativas del desarrollo turístico, poniendo el acento en la destrucción de las economías y sociedades preexistentes, así como en la consolidación de sociedades profundamente desiguales en las que destacan las condiciones de vida y trabajo precarias de los nuevos espacios turísticos. En este sentido el turismo es considerado como un agente generador de pobreza y vulnerabilidad (Britton 1982; Kadt 1991; Smith 1978; Turner and Ash 1991).

En la tradición de la geografía crítica del turismo se ha descrito cómo en su expansión internacional el capital turístico busca el diferencial de renda, destinos baratos donde los costes de operación sean menores. Así aprovechan el desarrollo geográfico desigual para vender productos turísticos a bajo precio, sin asumir el pago de las externalidades ambientales que genera su desarrollo o salarios dignos. De este modo la pobreza crea entornos favorables al desarrollo turístico, y a su vez contribuye a reproducirlos y perpetuarlos. (Blàzquez-Salom 2015)

El cuestionamiento de la industria turística ha evolucionado también con los años. Inicialmente predominaba la crítica por la distribución desigual de los beneficios del turismo y por tanto se aspiraba a un reparto más equitativo, ya fuera en forma de mejores salarios o por medio del control del negocio en su versión más radical. Progresivamente más actores dentro del campo crítico han visualizado los impactos globales del modelo de desarrollo turístico, de lo que se deriva una preocupación mayor por la sobre dependencia con este tipo de actividades y los costes de destrucción y empobrecimiento derivados de la consolidación de la hegemonía del turismo en un determinado territorio (Ateljevic, Pritchard, and Morgan 2008; Buades, Cañada, and Gascón 2012; Murray 2015).

Asimismo, desde esta perspectiva se han criticado con fuerza las argumentaciones que vinculaban el turismo, bajo sus formas dominantes, como opción para la reducción de la pobreza, acusándolas de no ser más que herramientas de legitimación del dominio capitalista y de los procesos de desposesión y explotación que ha conllevado esta industria (Cicci and Hidalgo 2013; Gascón 2011; Scheyvens 2007)

Turismo como posibilidad de empoderamiento colectivo

Como resultado de los procesos de crisis rural que tienen lugar en muchos países empobrecidos desde los años 80, acentuados por las políticas neoliberales, así como por la creciente presencia del turismo en territorios rurales alejados de los grandes centros de ocio por otra, desde principios de los años 90 se han desarrollado formas de gestión turística de carácter comunitario. El turismo comunitario aparece como un modelo de gestión colectiva protagonizado y controlado por colectivos empobrecidos. En este caso se imagina el turismo como una alternativa a la caída de los precios agrícolas y la posibilidad de encontrar alternativas generadoras de ingresos que puedan complementar las actividades tradicionales sin tener que buscar otras opciones en la emigración (Cañada 2014; Ruiz-Ballesteros 2011, 2017). En el otro caso, surgen como una reacción al uso que realizaban las tour-operadoras y otras empresas turísticas a sus territorios, recursos y a ellos mismos, utilizados como reclamo.

El modelo no ha sido fácil de poner en marcha, y se ha visto sometido a fuertes presiones y contradicciones, pero a pesar de ellos se mantiene presente como una alternativa entre otras de desarrollo rural y con un incremento progresivo en el mercado turístico. Cada vez más se visualiza como un campo en disputa entre la posibilidad de construir alternativas de desarrollo económico que bajo control comunitario y las necesidades de la industria por generar y promover nuevas experiencias, cuyas exigencias de adecuación a su mercado presionan disminuyendo capacidades efectivas de control colectivo (Cañada 2015a, 2015b).

Pobreza como atractivo turístico

En un mercado turístico cambiante, dominado por la progresiva consolidación de un modelo post-fordista, la industria requiere generar constantemente nuevos productos y experiencias de todo tipo para un mercado altamente segmentado (Ioannides and Debbage 1997; Maccannell 2003). Dentro de esta eclosión de posibilidades turísticas, encontramos expresiones más “clásicas”, que podrían ir desde diversas formas de turismo cultural o turismo asociado a la gastronomía, hasta aquellas que pueden ser consideradas más “extremas”, capaces de generar experiencias fuertes, singulares y, al mismo tiempo, distintivas, como la visita a lugares que probablemente desaparecerán a causa del cambio climático o en los que se han vivido situaciones asociadas con la muerte, conocido como dark tourism. En este contexto la pobreza en sí misma se convierte en un atractivo turístico. En algunos casos se recrean condiciones de pobreza dentro de un entorno controlado y con suficientes comodidades, como el conocido caso del hotel de lujo y Spa Emoya en Sudáfrica (Fletcher 2016). En otros se visitan basureros, favelas o tugurios reales, e incluso la experiencia turística puede pasar por vivir ahí cierto tiempo (Chhabra and Chowdhury 2012; Diekmann and Hannam 2012; Dürr 2012; Freire-Medeiros 2009; Goodwin 2014).

La pobreza desde esta perspectiva ya no es vista como algo que hay que transformar sino como una posibilidad de experiencia altamente singular y de negocio, que habrá que brindar siempre con medidas de seguridad, aunque con mayor o menor intensidad el riesgo intrínseco es parte sustancial de la vivencia ofrecida. En los últimos años el “slum tourism” ha ganado presencial comercial, a la par que como fenómenos de los estudios turísticos (Frenzel et al. 2015).

El posicionamiento de la pobreza como atractivo turístico se ha ido construyendo progresivamente, y aunque ésta no fuera su intención durante un largo período diversas formas de acercamiento solidarias o comprometidas ideológica o religiosamente con la situación de las personas empobrecidas ha sido usadas para posibilitar este tipo de consumo turístico, hasta que la mercantilización de este tipo de relaciones ha sido claro, sin necesitar la mediación de dispositivos solidarios o de transformación social. En parte, y sin desearlo voluntariamente, brigadas, viajes solidarios, campos de trabajo, han sido el vehículo que han ido permitiendo este acercamiento al mundo de la pobreza como producto turístico (Gascón 2009). Ahora este vínculo está claramente asentado en el mercado y la industria requiere cada vez menos de este tipo de organizaciones de la sociedad civil.

Por Ernest Cañada / ALBA SUD

Transformar el Turismo

Entre el 3 y el 6 de marzo de 2017 unas 30 personas de 19 países de África, Asia, Europa y Latinoamérica vinculadas a ONG, movimientos sociales y la academia participaron en un encuentro en Berlín para discutir cómo incidir en la transformación del turismo.

El encuentro Transformar el turismo celebrada en Berlín entre el 3 y el 6 de marzo de 2017 bajo el auspicio de Tourism Watch, organización no gubernamental alemana. En ella participaron una treintena de personas procedentes de 19 países de África, Asía, Europa y Latinoamérica vinculadas a ONG, movimientos sociales y la academia. Puede verse el listado de organizaciones y personas participantes en el Encuentro en la firma de la Declaración final realizada.

El encuentro permitió que activistas comprometidos con la necesidad de un cambio en profundidad del actual modelo turístico pudieran compartir experiencias. Así mismo, durante esos días se presentaron dos iniciativas, por un lado el informe Transforming Tourism. Tourism in the 2030 Agenda, y por otro la página Web del proyecto Transforming Tourism. Igualmente se trabajó en la redacción de la Declaración de Berlín: Transformar el turismo que será presentada en el transcurso de la feria ITB que se celebra en Berlín del 8 al 12 de marzo de 2017.

Un informe para situar el turismo en la agenda 2030

El informe Transforming Tourism. Tourism in the 2030 Agenda ha sido editado en inglés en Berlín (2017) por una coalición de ONG de distintos lugares del mundo: Alba Sud (España); Arbeitskreis für Tourismus & Entwicklung (Suiza); Ecpat Deutschland (Alemania); Fresh Eyes – People to People Travel (Reino Unido); Kabani – the other direction (India); Kate (Alemania); Naturefriends International (Austria); Retour Foundation (Países Bajos); Tourism Watch – Brot für die Welt (Alemania).

Su equipo editorial estuvo constituido por Ernest Cañada (Alba Sud), Kathrin Karschat (Naturefriends International), Laura Jäger (Tourism Watch – Brot für die Welt), Christina Kamp, Frans de Man (Retour Foundation), Sumesh Mangalasseri (Kabani), Mechtild Maurer (ECPAT Deutschland e.V.), Antje Monshausen (Tourism Watch – Brot für die Welt), Christine Plüss (arbeitskreis für tourismus & entwicklung), Andy Rutherford (Fresh Eyes) y Carina Tremel (kate e.V.).

Después de intensas negociaciones, el Programa de Desarrollo Sostenible 2030 fue adoptado en septiembre de 2015 en la cumbre más grande de Naciones Unidas. Si bien los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) centraban su atención en los síntomas de la extrema pobreza, el Programa 2030 trata también de abordar sus causas estructurales y se basa en los Derechos Humanos. Dada la relevancia global de esta propuesta, en esta publicación se hace una revisión de cada uno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y su relación con el turismo. Por cada uno de ellos se describe cómo es la vinculación entre el turismo y ese objetivo específico, se identifican los principales retos existentes, cómo debería avanzarse para alcanzar dicho objetivo desde el terreno específico del turismo y se destacan también algunos ejemplos de acción.

El informe puede descargarse en pdf haciendo clic aquí, o bien puede acceder directamente a cada uno de sus capítulos en su página Web.

Alba Sud ha participado en esta iniciativa como una de las organizaciones promotoras de la edición del informe y a través de su coordinador, Ernest Cañada, como miembro del equipo editorial, quien además ha redactado el capítulo relacionado el trabajo decente y crecimiento económico en el turismo (Objetivo 8).

Página Web del proyecto

La Web Transforming Tourism es una iniciativa de Tourism Watch que cuenta con la colaboración de Alba Sud (España); Arbeitskreis für Tourismus & Entwicklung (Suiza); Ecpat Deutschland (Alemania); Fresh Eyes – People to People Travel (Reino Unido); Kabani – the other direction (India); Kate (Alemania); Naturefriends International (Austria); Retour Foundation (Países Bajos); Tourism Watch – Brot für die Welt (Alemania).

En ella, además del informe Transforming Tourism. Tourism in the 2030 Agenda está previsto alojar materiales y recursos para dar seguimiento al cumplimiento de la agenda 2030 en relación al turismo.

Declaración de Berlín: Transformar el turismo

Durante el encuentro celebrado en Berlín más de treinta personas procedentes de 19 países de África, Asia, Europa y Latinoaméricavinculadas a ONG, movimientos sociales y la academia redactaron la Declaración de Berlín: Transformar el turismo, que será presentada en el transcurso de la feria ITB que se celebra en Berlín del 8 al 12 de marzo de 2017. Puede descargar la versión completa aquí:

–       Berlin Declaration on “transforming tourism” (English version)

–       Declaración de Berlín: “Transformar el turismo” (versión en castellano)

Alba Sud, a través de Ernest Cañada, forma parte de los redactores y firmantes de la Declaración.

Tanto organizaciones como personas que quieran firmar y adscribirse a la Declaración, pueden hacerlo en esta dirección: tourism-watch@brot-fuer-die-welt.de.

Por Alba Sud / Turismo Responsable

Implicaciones socio-ambientales de la construcción del espacio turístico

Un propuesta de interpretación crítica de los procesos de construcció de nuevos territorios hegemonizados por las dinámicas del capital turístico, con una mirada especialmente en Centroamérica y el Caribe.

Históricamente el capitalismo ha manifestado una necesidad de expansión territorial permanente en estructuras globales cada vez de mayor dimensión (Harvey, 2003; Wallerstein, 1979). La expansión del capital hacia nuevos territorios en los que poder garantizar su reproducción es parte de las respuestas de las que éste se dota para enfrentar sus crisis, en lo que el geógrafo David Harvey ha denominado como soluciones espacio-temporales (Harvey, 2013 y 2014). Cada ciclo de acumulación desarrolla una territorialidad propia, lo cual implica que las actividades económicas funcionales a un determinado ciclo de acumulación se vertebran y articulan de acuerdo con las particularidades de dicho ciclo, construyendo “geografías a su medida” (Rodríguez y López, 2011).

Desde esta perspectiva, la sobreacumulación de capital recurrente históricamente puede derivar en devaluación cuando se produce una recesión o depresión deflacionaria, por lo que necesita “moverse” y encontrar espacios en los que “fijarse” (capital fix), y por tanto desplazar espacial y/o temporalmente el capital excedente. Estos “arreglos espaciales” implican fenómenos como el colonialismo, el imperialismo, la libertad de movimientos del capital o la conquista geopolítica de fuentes de recursos naturales.

Una de las formas a través de las que el capital logra absorber capitales excedentes, valorizarse y aplazar así temporalmente las crisis del capitalismo es por medio de entornos construidos como la ampliación de ciudades o nuevas formas de urbanización difusa de territorios rurales costeros asociados al turismo residencial, o la creación de grandes infraestructuras que permitan ubicar los excedentes generados en nuevas oportunidades de inversión, como aeropuertos, carreteras o puertos para cruceros que están íntimamente relacionadas con el turismo (Blàzquez, 2013).

El resultado de esta dinámica del capital en búsqueda de mejores condiciones para su reproducción es un paisaje geográfico permanentemente inestable, por cuanto la acumulación de capital en un espacio concreto se vuelve posteriormente un obstáculo para seguir acumulando. El capital tiene, por lo tanto, que devaluar gran parte del capital fijo en el paisaje geográfico existente, a fin de construir un paisaje totalmente nuevo con un aspecto diferente. Esto induce crisis localizadas intensas y destructivas.

A su vez este desplazamiento implica reconfigurar los territorios en función de las nuevas dinámicas de acumulación, y supone por tanto la puesta en marcha de procesos transformación de esos espacios y de los diferentes grupos sociales presentes en él, así como de su organización territorial. Son parte de una dinámica global de refuncionalización espacial en base a las lógicas de acumulación, en lo que Peter Rosset califica como una “guerra por la tierra y el territorio” (2009).

De este modo, la construcción de territorios adecuados a una acumulación fundamentada en las actividades turístico-residenciales demanda ciertas lógicas de especialización singulares. Para garantizar las dinámicas de reproducción de capital a gran escala se ha requerido que esos espacios concentren múltiples ofertas e infraestructuras que lo hagan atractivo, generen economías de escala con múltiples actividades complementarias entre sí y puedan funcionar con volúmenes de negocio de una cierta dimensión. Esto ha implicado la reorganización y refuncionalización de esos territorios a partir de las necesidades de acumulación del turismo como actividad económica predominante en ese espacio. Por tanto supone la pérdida de peso, desplazamiento y marginalización de ciertas actividades económicas y actores que antes ocupaban un espacio central.

Esta expansión turística da lugar a lo que Louis Turner y John Ash denominaron en1975 como “periferias del placer” (Turner y Ash, 1991). Después de la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo de la aviación y las infraestructuras aeroportuarias permitieron ampliar los destinos vacacionales alrededor del mundo, de tal modo que estas nuevas áreas pudieron entremezclarse mucho más con diferentes zonas del planeta y entrar en mayor competencia entre sí. Sobre eso se construyó un nuevo modelo vacacional masivo, acompañado de la expansión de la hotelería, las agencias de viaje, líneas de cruceros, así como nuevos mecanismos financieros. En este nuevo contexto de oportunidad, siguiendo a Turner y Ash, el capital turístico ha podido elegir dónde ubicarse en función de las ventajas comparativas que le ofrecen uno u otro territorio en forma de “incentivos” (costes de la mano de obra, fiscalidad, infraestructuras, abastecimiento de recursos energéticos, seguridad, etc.). La incorporación de nuevas “periferias turísticas” se multiplicó a partir de los años 80 con la caída de los precios del petróleo en los años 80 que posibilitó un fuerte incremento de la movilidad. Y más recientemente la expansión del capital financiero generó grandes capitales que requerían dónde materializarse, y que encontraron en estos nuevos espacios turísticos una magnífica oportunidad (Murray, 2012).

Los distintos territorios que van incorporándose dentro de la lógica de funcionamiento global de la industria turística lo hacen desde una posición de subordinación con escasa capacidad de control sobre las distintas escalas a través de las que funciona esta actividad, tal como puso en evidencia Stephen G. Britton en un artículo considerado ya clásico en los estudios críticos del turismo (Britton, 1982). Son por tanto los capitales globales en alianza con los locales y regionales que dirigen el proceso de creación de los nuevos espacios turísticos.

La penetración de los capitales turísticos e inmobiliarios, acompañados de determinadas leyes y políticas públicas nacionales e internacionales y arreglos institucionales a su servicio, provoca una metamorfosis radical en la lógica de la articulación territorial en función de sus necesidades de reproducción, como previamente lo hicieran otras estructuras económicas dominantes que organizaron el territorio a medida de sus necesidades. En el nuevo espacio turístico la naturaleza, transformada en mercancía por medio de la industria turístico-residencial, se convierte en un factor clave para aumentar ganancias (Aguilar et al. 2015). Y por tanto implica situar a la naturaleza ante una dinámica de despojo y reapropiación a fin de hacerla funcional a los intereses de acumulación capitalista a través de la industrio turístico-residencial (Vilchis et. al., 2016), dando lugar a un proceso de reconfiguración del paisaje turístico (Cruz-Coria et al., 2012). Este proceso, a su vez, formaría parte de los distintos procesos paralelos de “neoliberalización” de la naturaleza descritos por Noel Castree (2008).

Periferias turísticas en el Caribe, tanto insular (República Dominicana, Cuba o Jamaica) como mexicano (Cancún, Riviera Maya), o Centroamérica (Guanacaste en Costa o Rivas en Nicaragua) son algunos de los ejemplos paradigmáticos de cómo se transforman los  territorios rurales, en especial en las zonas costeras, por la presencia hegemónica de las actividades turístico-residenciales (Cañada, 2013). En estos, lejos de la propaganda que asocia el turismo con la modernización o el desarrollo, lo que podemos encontrar son tres grandes fenómenos sociales:

a) Procesos de desposesión de recursos naturales y desarticulación territorial pre-existentes. La construcción del espacio turístico implica para las comunidades rurales el despojo de recursos naturales como la tierra y los bosques. El expolio de tierra se puede llevar a cabo de maneras diversas, desde la presión a través del mercado, con procesos especulativos, hasta los cambios normativos en la forma de regular el uso del territorio, o la violencia física. Paralelamente se produce la destrucción o afectación de importantes ecosistemas. Así se han identificado la destrucción de manglares y humedales; la contaminación del agua; la acumulación de residuos sólidos; movimientos de tierra y destrucción de cerros para la creación de terrazas; destrucción y/o fragmentación de los bosques, entre otros. Tanto en la construcción como sobre todo cuando las iniciativas turísticas empiezan a operar, el agua se convierte también en objeto de competencia, dadas las necesidades de los complejos turístico-residenciales frente a uso doméstico de la población local o riego de sus cultivos. El consumo de agua del turismo tiene que ver con los usos personales de sus clientes (aseo, spas, piscinas), mantenimiento de jardines y campos de golf, entre otros, pero también con necesidades “indirectas” derivadas del funcionamiento de la industria turística. Finalmente se desestructura también la territorialidad pre-existente de las comunidades rurales, al promover el desplazamiento de los lugares de vivienda o al impedir el acceso a determinados caminos de paso o a las costas.

b) Nuevas dinámicas migratorias tanto de expulsión como de atracción. El nuevo espacio turístico provoca una movilidad poblacional en múltiples sentidos. Expulsa a personas de origen campesino y pesquero a causa de los procesos de desposesión y, a su vez atrae fuerza de trabajo para la construcción y los servicios turísticos y auxiliares, en muchas ocasiones procedentes de otras comunidades rurales empobrecidas, que igualmente se han visto perjudicadas por las políticas neoliberales hacia el agro y la economía campesina, y en disposición por tanto de emigrar y suministrar mano de obra en los mercados de trabajo de la economía global. Igualmente el espacio turístico atrae nueva población de mayor poder adquisitivo que trabaja como cuadros medios y altos de las instalaciones turístico-residenciales y a los mismos usuarios de estos servicios, tanto de corta duración como media o larga. Estos cambios poblaciones suponen nuevas dinámicas y procesos de vertebración social, cultural y política. La dinámica espacial y social se polariza entre los lugares destinados a la producción turística y los que garantizan su reproducción.

c) Integración subordinada de la población procedente de comunidades rurales en las nuevas actividades turísticas. Los empleos creados por el turismo para las poblaciones de las comunidades, tanto del lugar donde se instalan como las que han venido de fuera, son habitualmente precarios y ocupan los puestos más bajos en la escala laboral, tanto en la construcción como en los servicios de atención al turista (limpiadoras, camareras de piso, recepcionistas, cocinas, jardinería, seguridad y vigilancia, animación). Los trabajadores habitualmente se ven sometidos a unas condiciones de sobreexplotación laboral: bajos salarios, irregularidad en los pagos, subcontrataciones, acoso policial, inseguridad y riesgo laboral. A su vez, cuentan con débiles estructuras de protección por parte de los ministerios del trabajo y sindicatos, que sufren sistemáticamente el acoso del empresariado que dificulta la creación de organizaciones sindicales en las áreas turísticas. Este tipo de dinámica económica también atrae a algunas personas que tratan de “buscarse la vida” en la economía informal, ofreciendo productos y servicios directamente a los turistas (alimentos y bebidas, souvenirs, artesanías, masajes, entre otros). Pero su acceso a los turistas no siempre resulta sencillo a causa de las dinámicas de restricción y privatización generadas por unas formas de desarrollo turístico de carácter excluyente y que metafóricamente se ha podido etiquetar como “búnker playa-sol” (Blàzquez et al.; 2011).

Este proceso de transformación social asociada a la construcción del espacio turístico de forma hegemónica bajo grandes capitales. tiene una naturaleza de carácter estructuralmente violenta (Büscher y Fletcher, 2016). Su implantación, con mayores o menores resistencia se ve asociada a números conflictos de de carácter redistributivos, tanto entre sectores económicos como entre diferentes grupos sociales (Gascón, 2012), cuyo estallido aporta luz sobre procesos sociales profundos demasiado invisibilizados.

 

Por Ernest Cañada / Alba Sud

Les pagan una miseria y en negro: así trabajan los hostels de Mendoza

No es ninguna novedad decir que el trabajo en negro es uno de los tópicos más difíciles de controlar. Esto es debido a diversos motivos, principalmente la gran cantidad de rubros donde los controles de la Subsecretaría de Trabajo y Empleo de la provincia no existen.

En realidad, no parece una tarea complicada de llevar a cabo. Basta solamente con salir a la calle, elegir un rubro en particular y  preguntar a quienes allí trabajan: cuánto cobran, cuántas horas trabajan y si están en blanco o no.

Y eso es lo que hizo el Post en torno a un rubro en particular: los hostel de Mendoza. El resultado es sorprendente: en todos los paradores consultados los empleados están en negro, cobran exactamente lo mismo y trabajan turnos de 8 horas, 6 veces a la semana y con un sólo día de descanso. 

En otros hospedajes, directamente no les pagan: emplean el método del  “trueque” donde trabajan 8 horas a cambio de cama y comida.

En primera persona

Una de las recepcionistas que trabaja en el Hostel Ítaka que está ubicado en la Av. Arístides Villanueva 480, hace turnos de 8 horas y solamente tiene un día de descanso.

En charla con este diario admitió: “Mi sueldo es de $200 pesos por día ($25 por hora), más comisiones. Comisionas por excursiones que cuestan aproximadamente $400 y nos llevamos el 10%, es decir $30 o $40. Si tu idea es mantenerte con este sueldo, es imposible, yo sobrevivo nada más”.

Al mismo respecto, agregó: “En Itaka y Damajuana (ambos del mismo dueño) pagan exactamente lo mismo, $200 por día y trabajas con el famoso 6×1” (6 trabajados por un día de descanso).

Para ir pasando en limpio: los empleados cobran en negro aproximadamente $4800 por mes. Es casi la mitad del sueldo mínimo ($8060). 

Consultada sobre cuánto facturan estos dos hostels, la empleada dijo: “El dueño factura mucho, principalmente por la ubicación. La calle Arístides está llena de turistas que pasan caminando en busca de hospedaje, y todos los días entra gente nueva”.

Otro de los casos que pudo relevar el Post es el de otra recepcionista pero es empleada en el Hostel Mendoza Inn. También trabaja 8 horas por día, 6 veces por semana y cobra $200, como en el caso anterior, gana $4800 por mes. “El turismo es así”, concluyó.

Los hostels donde no pagan sueldos

Por otro lado, existen establecimientos que trabajan con el método del “trueque” donde aunque no lo creas, no pagan sueldos. Estos son los casos de “Break Point” ubicado en Aristides Villanueva 241 o “Bed for Wine Hostel” que se encuentra en Av. Belgrano 965.

En este “trueque”, se le “paga” al recepcionista  con la comida y el alojamiento del día. Según empleados de dichos hostels, es un “trabajo voluntario”.

En conclusión, todos los empleados de estos hostels a los que se consultó coinciden en lo mismo: el turismo en general es un rubro mal pago y principalmente en negro.

¿Tan difícil es regular las condiciones de trabajo de los empleados de turismo?

 

Por Mauro De Bento / Mendoza Post

Mix de indecencia: inversión turística + explotación laboral

Diversas informaciones sobre la explotación laboral en el sector de la construcción para las reformas de hotel  en Mallorca publicadas a principios de enero dan pie a una reflexión sobre la actual fase del “capitalismo canalla”.

Como es sabido, este año 2017 ha sido declarado por las Naciones Unidas como “Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo”. Según las declaraciones formales de la ONU y de la Organización Mundial del Turismo (OMT), en el trascurso de esta “efeméride” se hará hincapié, entre otros temas, en el papel del turismo en el crecimiento económico inclusivo y sostenible, la inclusión social, el empleo y la reducción de la pobreza. También es sabido que, por una parte, en la mayoría de destinos turísticos del planeta, esto de turismo sostenible, o se acompaña del decrecimiento turístico, o es simplemente un oxímoron; y, por otra parte, que asociar turismo a desarrollo en el marco de la globalización de las desigualdades y la desposesión es, en el mejor de los casos, un sarcasmo.

La casualidad ha querido que en Mallorca, y, por extensión, en el conjunto de las Islas Baleares –uno de los lugares más turistizados del mundo–, este “Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo” haya empezado desmintiendo por la vía de los hechos la retórica turística oficial sobre crecimiento inclusivo, empleo y reducción de la pobreza. Lamentablemente, 2017 ha empezado constatándose que sigue siendo cierto que “una de las características del turismo a lo largo de los siglos, desde la época del Grand Tour, es que, a no gran distancia de los hoteles de cinco estrellas, hay hambre y miseria” (P. Theroux. 2015). ¿Qué ha pasado?

Pues que, durante la primera semana del año, un medio de comunicación nada sospechoso de anti-turístico, como es Diario de Mallorca, ha abierto sus ediciones con los siguientes titulares: “Constructoras de fuera pagan ilegalmente salarios más bajos para hacerse con reformas de hotel en Mallorca”, “Los constructores canarios responsabilizan a los hoteleros de evitar el fraude en sus reformas” y , hasta el momento de escribir estas líneas, “Subcontratas de obras turísticas explotan con horarios y sueldos ilegales a peones chinos y de la isla” (Alberto Magro, 3, 4 y 6 de enero 2017).

Hay que advertir que estas informaciones no han sido desmentidas por nadie. Ni tan siquiera desde ámbitos empresariales se han atrevido a balbucear la excusa negacionista de la explotación laboral, y habitual en estos casos: “Son casos puntuales”. Por parte de la administración, aunque sea sin gran entusiasmo, se han anunciado planes de Inspección de Trabajo y Seguridad Social (ITSS) para detectar estas prácticas empresariales. Por tanto, hay que asociar estas informaciones a un fenómeno nada anecdótico. Muy al contrario, sin duda estamos hablando de una tendencia, en la actual fase del capitalismo canalla, cada vez más presente en el mundo del trabajo, y que me sugiere, al menos, media docena de reflexiones:

I. Las consecuencias de la victoria neoliberal de debilitar la negociación colectiva

Probablemente el aspecto más ideológico de la Reforma Laboral del 2012 (la del Gobierno Rajoy) sea el destrozo que hace a la articulación de la negociación de los Convenios Colectivos como fuente de derechos laborales garantizados. Se impuso el “cuanto menos colectivo, más productivo” y el “a menor sindicación, mayor competitividad”. En este debilitamiento de la negociación colectiva, y del papel clave de los sindicatos en unas relaciones labores democráticas, está el origen de la “legitimación” (legal o no) de prácticas de dumping social como las que comentamos. Si, desde un planteamiento neoliberal, es “legitimo” practicar la externalización, por ejemplo, del trabajo del departamento de pisos de los hoteles [1] para, en aras del Dios de la productividad y la competitividad del homo economicus neoliberal, abaratar costes laborales ¿Por qué no lo va a ser a la hora de practicar la búsqueda de los costes laborales más bajos para hacer reformas en los hoteles?

II. Seguridad jurídica únicamente para enriquecerse

“Seguridad jurídica” es un reclamo muy insistente del empresariado y de los ámbitos políticos ideológicamente afines al crecimiento infinito. Pero, verdaderamente, es únicamente una reivindicación de “seguridad jurídica para enriquecerse”, aunque sea a costa de la desposesión a la sociedad de bienes comunes como el medio ambiente. Ha llegado la hora, pues, de reivindicar seguridad jurídica para asegurar la inexistencia de explotación laboral, y, por tanto, una Inspeccion de Trabajo y Seguridad Social con suficientes recursos humanos y materiales, que sea homologable la que existe en la mayoría de Estados de la UE, y de acuerdo con los ratios de trabajadores y trabajadoras por inspector/a y/o controlador/a de empleo recomendados por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para los países industrializados.

Pero hay dos cosas más a decir en este asunto. Por una parte, hay que implementar planes contra la explotación laboral porque ¿qué otra cosa hacen las empresas, en este caso de construcción, que obligan a los trabajadores a realizar jornadas semanales de “hasta 70 horas, hurtan los días de vacaciones a sus trabajadores y les obligan a acudir a su puesto en festivos que figuran como no laborables en el convenio” y encima “pagan salarios ilegales de seis euros la hora, un 35% menos de lo que marca el convenio de la construcción”? No valen los eufemismos ni la cobardía política: como expliqué hace unos meses en un artículo publicado en la revista digital Sin Permiso titulado “En Baleares ya no hay explotación laboral: ¿Se ha producido un milagro?”, hay que llamar a las cosas por su nombre, y, en este sentido, explotación laboral tiene un grado superior de indecencia que la, hoy en día, habitual precariedad laboral.

Por otra parte, en el asunto que nos ocupa se plantea una razonable duda sobre quién comete las irregularidades laborales y de cotizaciones a la Seguridad Social ¿Únicamente las empresas constructoras? ¿Y las hoteleras? Es un asunto que los técnicos/as en derecho laboral deberían indagar, e ilustrarnos, pero, evidentemente, y digámoslo haciendo una analogía con el fenómeno de la corrupción, para quien ha corrompido (las empresas hoteleras) tiene que tener tanta o más sanción que para quien ha practicado la corrupción (las empresas constructoras). No basta un reproche moral que, en cualquier caso, no aparecerá anotado en la memoria de Responsabilidad Social Corporativa de la hotelera en cuestión, que, por el contrario, sí exhibirá falazmente la remodelada instalación hotelera como una contribución a la mejora del modelo turístico balear, y un compromiso con, en palabras de la Presidenta Ejecutiva de la Federación Empresaria Hotelera de Mallorca, Inmaculada Benito Hernández, la “competitividad global sostenible”. Estos eufemismos esconden definiciones mucho más claras, como la del exconsejero de turismo del Gobierno de las Islas Baleares, Celestí Alomar, que afirma que “l’empresari [hoteler] local és especialment hàbil per defensar l’explotació de la seva empresa, però absolutament inútil per salvaguardar el més petit dels interessos col·lectius”.

III.- Cae uno de los mitos más apreciados por los hoteleros

El establishment turístico sostiene que hay que aprovechar el crecimiento turístico internacional para que la industria hotelera pueda contribuir positivamente al balance regional en producción, crecimiento económico, empleo, finanzas públicas, etc. (Ver la presentación de Inmaculada Benito Hernández antes citada). Para ello reclama todo tipo de facilidades (urbanísticas, medioambientales, fiscales, laborales…) y así poder seguir invirtiendo en la modernización y reconversión lujosa de su planta hotelera. Los grandes y medianos hoteleros no se esconden y explican sin tapujos que “la apuesta por la calidad está resultando muy lucrativa”, y que “temen que las empresas más pequeñas lleguen tarde y se pierdan las ventajas de la ley de 2012” [2]. Avanzo que no hay motivo para esta preocupación, tal y como contaré más adelante en el punto V de este texto.

Hay que matizar bastantes cosas a este planteamiento que ha devenido en un pensamiento mainstream, siendo, lamentablemente, la variación únicamente de matiz cualquiera que sea la adscripción política formal de quien gobierne. Empecemos matizando esto de “crecimiento turístico internacional” porque, en rigor, de lo que hay que hablar es de un crecimiento de la demanda turística, del gasto turístico global en Baleares, y, consecuentemente, de un PIB turístico regional al alza, asociado a un crecimiento inmoralmente celebrado, puesto que se sustenta en las guerras y catástrofes humanitarias de los destinos turísticos mediterráneos competidores. El crecimiento de la afluencia de turistas a las Islas Baleares es bastante proporcional a la dramática situación de muerte, no acogida, y negación de Derechos Humanos de refugiados y refugiadas[3].

Pero, sobre todo, matícese que la supuesta contribución positiva al balance regional es más bien un aporte a un estado de desigualdad creciente a base de trabajo remunerado indecentemente low cost. Los datos son tercos: a) Todos los estudios indican que el negocio de los hoteleros casi se ha duplicado en estos años de crisis-estafa global, pero la sociedad balear se ha empobrecido; b) Según los datos de la Agencia Tributaria, el 30 % de los trabajadores de Balears tiene un salario inferior al Salario Minimo[4].

IV. La falacia de la “teoría del goteo”

Parece ser que en ámbitos empresariales turísticos de Mallorca hace fortuna la expresión “rentabilidad caribeña” para referirse a los beneficios de las últimas temporadas turísticas y a la rápida amortización de las inversiones en remodelación de la planta hotelera. Lo cierto y seguro es que las informaciones que comentamos ponen de manifiesto que otro de los mitos neoliberales ha fallado estrepitosamente: la llamada teoría del goteo, es decir, la falacia según la cual la creación de riqueza –en este caso riqueza turística– supone el remedio a los problemas de pobreza e injusticia social y, por tanto, es la garantía de desarrollo humano. Esta hipótesis de que la riqueza empresarial irá acumulándose hasta llegar a un punto en que se reparta progresivamente al resto de la sociedad, se ha demostrado falsa en general y, en particular, en el caso que nos ocupa: los hoteleros mantienen su apuesta por seguir creciendo más allá de Baleares, y, a la vez, son un factor determinante en la extensión de la pobreza laboral, no sólo en las ocupaciones laborales hoteleras sino que, también, en el momento de reinvertir.

V. La dependencia al turbocapitalismo global

El pasado día 9 de enero podíamos leer en otro de los principales periódicos isleños la siguiente información “Los touroperadores pagan reformas en los hoteles para asegurarse camas en verano”. No tengo la certeza de que entre estas reformas pagadas por TTOO británicos y alemanes haya alguna de las que se realizan en base a explotación laboral. En cualquier caso, lo sensato es no descartar tal posibilidad, por lo que cabe deducir, al menos a modo de hipótesis, que la explotación laboral en la reforma de los hoteles no es un asunto exclusivo de las multinacionales hoteleras mallorquinas. Parafraseando la famosa frase de Vito Corleone en El Padrino, No es nada personal, es cuestión de negocios”, podría decirse que “No es nada de tamaño empresarial, es cuestión del sector”.

VI. El maridaje de explotación laboral y blanqueo de capitales

Existe una cierta constante histórica entre explotación y fraude laboral, y prácticas delictivas asociadas a la evasión fiscal. El caso que comentamos no es una excepción. Obsérvese que, aunque sea de pasada, el periodista que firma las informaciones más arriba citadas nos habla de “Blanqueo de capitales y nóminas simuladas que el obrero debe devolver al empresario”. Nada nuevo bajo el sol en el mundo de los negocios que combinan el tocho y el turismo. Vean como ejemplo de este maridaje la novela Crui. Els portadors de la torxade Joan Buades (quizás habría que animar al autor e investigador de Alba Sud a una edición en castellano).

……………..

En definitiva, a pesar de la extensión de esta primera colaboración para Alba Sud, la sugerencia de Ernest Cañada de estrenarme con este tema, la habría podido cumplir resumiendo con otra breve frase de P. Theroux este indecente mix de inversión turística y explotación laboral: “No hay ninguna visión del oro [el gran negocio actual del turismo] sin un tufo a excrementos”.

Notas:
[1] El nuevo libro de Ernest Cañada, Externalización del trabajo en hoteles. Impactos en los departamentos de pisos, Barcelona, Alba Sud Editorial, 2016.
[2] Todo el paquete legislativo dictado por los hoteleros al Gobierno de las Islas Baleares durante las dos anteriores legislaturas autonómicas.
[3] Un estudio de BBVA Researchque calcula aproximadamente seis de cada 10 pernoctaciones de no residentes registradas en las Islas desde 2010 son consecuencia de las tensiones en otros países como Turquía, Egipto o Grecia. Ver noticia completa aquí: http://cadenaser.com/emisora/2017/01/15/radio_mallorca/1484471789_750853.html

 

Por Rafael Borrás | Alba Sud

"Construcción colectiva de un turismo autogestivo, justo y ecológico"